He estado pensando un montón sobre la República de Weimar últimamente. Luego de la Primera Guerra Mundial, Alemania estaba colapsada habiendo sido encontrada responsable de la guerra y cargando con las imposiciones que establecía el Tratado de Versalles. La infraestructura estaba destruida, la economía completamente en el hoyo, la inflación por los cielos. La República de Weimar era el absoluto caos.
Frente a esa amenaza surgieron las voces extremistas, abogando por una restitución del orden. Argumentando que todos los males de Alemania eran traídos por los extranjeros y por los comunistas, que un cierto orden natural había sido quebrantado y que la República de Weimar no tenía la fortaleza ni la voluntad para imponer el orden sobre el caos. El mensaje empezó a calar rápidamente entre una población frustrada y humillada: alguien por fin les ofrecía explicaciones sobre por qué las cosas estaban tan mal, y una promesa de que podrían estar mejor. A su alrededor, los alemanes veían solamente caos; en el programa del Partido Nacionalsocialista, veían por fin un poco de orden.
El resto de la historia estoy seguro de que ya la conocen.
He estado pensando un montón sobre la República de Weimar porque se siente ahora tan familiar -- tan cercana. Tristemente, por supuesto. El playbook del totalitarismo es casi siempre el mismo, y el ejemplo del nazismo simplemente es el más icónico, pero en esencia vemos este tipo de dinámicas todo el tiempo: las sociedades humanas son intrínsecamente inestables porque la conducta humana es impredecible e incierta. De modo que es inevitable que cada cierto tiempo esa inestabilidad alcance un punto de ebullición, y quizás con mayor frecuencia últimamente. Todo empieza a cambiar muy rápido, por presiones externas y por presiones internas: el mundo que muchos asumen como el orden natural rápidamente está dejando de serlo.
En los 1920s, hace un siglo, especialmente para un ciudadano en la República de Weimar el mundo parecía venirse a pedazos. No solamente por la devastación de la “guerra que acabaría con todas las guerras” (LOL), sino porque el orden natural de las cosas había sido dislocado. En 1917 Einstein había publicado su teoría general de la relatividad y había modificado nuestra comprensión del tiempo y del espacio; después de la guerra, las ideas del psicoanálisis y el concepto de un inconsciente sobre el cual no tenemos control pero que ejerce una influencia descomunal en nuestra vida cotidiana (y, además, de un inconsciente de una naturaleza significativamente sexual) habían crecido tremendamente en popularidad, y empezaban a manifestarse no solo en el tratamiento clínico sino también en el arte, la literatura y la cultura.
Para un ciudadano de la República de Weimar, todo esto tiene que haberse visto casi como el Apocalipsis: el desmontaje de las grandes verdades experimentado desde la pobreza y la desolación de la derrota. El mundo era el caos, un caos muy lejano a la promesa que les habían hecho antes de la guerra.
Alguien tenía que venir a poner orden.
En estos días he estado viendo El último bastión, la serie peruana sobre la Independencia que recientemente se ha sumado al catálogo de Netflix. Es una muy buena producción y una puesta en escena que pone mucho cuidado en capturar el espíritu de la época. Y también en capturar el momento cultural que se vivía años y meses antes de la Independencia desde diferentes puntos de vista: la expectativa de que una fuerza estaba en camino para desconcertarlo todo.
Hay un momento en el que Miguel, un joven indígena, conversa con la niña Rosa María, una mujer criolla, y le dice con plena convicción: “Soy hijo de indios, conozco mi lugar”. El mundo virreinal estaba estructurado a partir de un ordenamiento muy claro y muy rígido: cada persona tiene su lugar en el mundo, y ese lugar en el mundo es entendido como un lugar natural, inescapable. La movilidad social solamente existe hacia abajo, para las personas que caen en desgracia y pierden su posición en la vida; pero nunca hacia arriba. Ni el trabajo ni el esfuerzo ni la riqueza pueden lograr que uno altere su posición en el orden natural del universo: así se entiende que siempre han sido las cosas, y así se entiende que siempre tienen que ser.
Por eso la Independencia no es que sea vista simplemente como una transformación política, sino que es más bien una alteración metafísica: el ordenamiento mismo del universo está bajo ataque. El mundo de la Independencia, de la República, se anticipa como un mundo donde no se respetarán los límites ni los estamentos sociales; donde el color de la piel, el lugar de nacimiento, y la estación social no serán los determinantes de la posición de una persona en el mundo. En el mundo del virreinato es inconcebible que Miguel pueda concebir estar con una mujer como Rosa María; pero en el mundo idílico de la República, ¿por qué no? ¿Por qué no podría él aspirar a estar con ella? La República es un sueño y es una promesa de que el orden asumido como natural en el mundo no lo es; es un orden construido por las personas, y que las personas tienen el poder de modificar.
Ese sueño y esa promesa es lo que indigna e irrita a la "gente de bien" de la Lima virreinal. ¿Cómo se atreven a pretender escapar de su posición? ¿Cómo se atreven a querer alterar el orden del mundo, el orden divino? Hay algo esencialmente corrupto en esa transformación; algo inmoral. Algo que tiene que ser detenido a toda costa, antes que los “ateos y masones” que quieren la Independencia se salgan con la suya.
Alguien tenía que venir a poner orden.
Quizás parezca un poco aleatorio, pero todas estas cosas conectan para mí en estos días viendo las noticias electorales. Cuando vemos como aquel-que-no-debe-ser-nombrado sube en las encuestas esgrimiendo un discurso de odio, un discurso fundamentalista de retroceso y de restricción de los derechos de las personas. Un discurso que ve en las pocas y pequeñas conquistas en la expansión de la libertad que hemos tenido en los últimos años, como la causa de que “el mundo esté como está”. Y es fácil perder la esperanza, fácil pensar que si un discurso fundamentalista, totalitarista como ese puede crecer en popularidad, ¿por qué gastamos tanta energía defendiendo la democracia? ¿Cómo es posible que un discurso que solo quiere retroceder el tiempo pueda ganar tanto territorio?
Creo que uno de los problemas es que tendemos a analizar estos discursos y estas posiciones y estas adhesiones desde el lente de la Ilustración, pensando que quienes escogen votar por aquel-que-no-debe-ser-nombrado lo hicieran por la convicción en sus posiciones y sus ideas. Porque realmente creen en él -- e incluso pienso que quienes le endosan su apoyo realmente quieren pensar que lo hacen porque apoyan sus posiciones y sus propuestas. Pero cometemos un error cuando analizamos estos movimientos y estas adhesiones como si fueran ejemplos paradigmáticos de la rational choice, y no vemos más bien el movimiento emocional que hay detrás. La variable que nos falta no es económica ni política, sino esencialmente psicológica.
Uno de los modelos más aceptados para describir los rasgos de la personalidad es el modelo de los Big Five, o el modelo OCEAN, que contempla cinco componentes: Openness (apertura a la experiencia), Conscientousness (conciencia), Extraversion (sociabilidad), Agreeableness (amabilidad), y Neuroticism (susceptibilidad). Cada uno de estos rasgos es un espectro, y cada persona refleja diferentes combinaciones a través de estos cinco rasgos.
La apertura hacia la experiencia es uno de los rasgos más interesantes: puede interpretarse como un indicador de la disposición que tiene una persona hacia el cambio. Qué tanto busca, acepta, tolera, o resiste que cambien las cosas a su alrededor. Hay personas que están buscando continuamente novedad y nuevas experiencias, mientras que hay otras que más bien prefieren que las cosas se mantengan más o menos constantes e inalterables a través del tiempo. Ninguna de las dos preferencias es intrínsecamente mejor que la otra, solamente es un descriptor de la manera como diferentes personas suelen procesar y filtrar diferentes experiencias.
Pero inevitablemente esto termina teniendo consecuencias políticas. Por ejemplo, un estudio sobre la psicología de las personas que votaron a favor del Brexit en el Reino Unido mostró que en términos generales su apertura hacia la experiencia era bastante menor que la de las personas que votaron en contra. Y esto tiene muchísimo sentido: el Brexit era prácticamente un discurso de nostalgia imperial, de retroceder al tiempo cuando el Reino Unido era una isla que se enfrentaba sola contra el mundo, que se imponía a través del globo en lugar de verse (en sus ojos) invadida por inmigrantes que estaban transformando el tejido social mismo. Los votantes del Brexit veían en la integración europea y en la apertura de las fronteras un desconcierto del orden natural al que estaban acostumbrados, una divergencia de los valores tradicionales, y buscaban de esta manera restaurar ese orden.
Creo que la clave aquí es entender que el orden de los factores sí podría alterar el producto: no es que estas personas tengan posiciones conservadoras y por tanto eso se refleje en una baja apertura hacia la experiencia; sino que quizás porque estas personas tienen baja apertura hacia la experiencia, es que tienen estas posiciones conservadores. Esta nostalgia por alguien que venga a imponer orden, esta simpatía por el totalitarismo. Porque sienten que un orden fundamental se ha visto alterado, y alguien tiene que venir a poner orden. Y están dispuestas a hacerse de la vista gorda de un montón de cosas a cambio de la promesa de esa restitución del orden. Nuestra aproximación hacia la realidad es en primer lugar emocional, y solo en un distante segundo lugar racional y analítica.
Esto es lo que me permite a mí entender mejor, o tratar de entender mejor, de dónde viene el apoyo hacia aquel-que-no-debe-ser-nombrado. Porque discursivamente es un apoyo hacia sus políticas, o su trayectoria o sus propuestas. Pero nada de esto me alcanza como explicación, porque ni sus políticas ni propuestas están particularmente articuladas ni su trayectoria es particularmente excepcional.
Pero entonces pienso en la República de Weimar, y en la situación en la que vivimos, en la crisis generalizada y el desconcierto y la confusión y la frustración y la impotencia, y el deseo por que alguien venga a poner orden. Pienso en el totalitarismo y en la manera como típicamente apunta el dedo hacia la democracia y el internacionalismo y la izquierda como monstruos en el clóset a los que hay que echarles la culpa por el descalabro por haber fracasado en sus promesas de utopía, y ante ese fracaso la promesa de orden. No más utopías, no más transformaciones. Orden. Cada cosa en su sitio, cada persona en su lugar. Cada quien tiene su lugar en el mundo y estamos pagando las consecuencias morales por haber querido ir en contra del orden divino -- pero tan pronto lo restauremos y corrijamos estas divergencias, todo estará bien.
Esta interpretación me es útil e interesante por dos razones. En primer lugar para entender que estas personas, que escogen votar por aquel-que-no-debe-ser-nombrado, no están locas. No es que simplemente hagan caso omiso a la realidad. Sino que lo más probable es que estén asustadas -- asustadas ante tanto cambio, tanto desconcierto de lo que perciben como un orden natural, en la economía, en la política, en la moral. Sus decisiones electorales (y no solo las suyas, sino las de todos en verdad) son en primer lugar emocionales, y en segundo lugar justificadas racionalmente. Se adhieren a una promesa fundacional de orden, y en el camino la visten de argumentos sobre por qué una cosa es mejor que otra y el riesgo de tal o cual posición y qué quieres que nos volvamos Venezuela y demás. Pero el corazón de la bestia es emocional, y creo que es importante entender eso.
En segundo lugar, y construyendo sobre lo anterior, porque ese discurso emocional no va a responder a información racional. No es que porque le presentemos a las personas más evidencia mágicamente van a dejar de sentirse asustados y a abandonar su deseo por la imposición de un orden -- ciertamente ayuda, pero difícilmente alcanza por sí sola. La gran paradoja es que la democracia requiere de argumentos y razones para funcionar, pero la política esencialmente es la gestión de las emociones a escala. Entonces queremos responder con argumentos y propuestas porque esa es la conducta que entendemos como democrática, pero estamos intentando apagar un incendio con aceite de oliva. No es algo que va a funcionar.
He estado pensando mucho últimamente en la República de Weimar porque inevitablemente necesito pensar en una pregunta: ¿Cómo se le hace frente al totalitarismo? No tengo la respuesta. Intuyo que la confrontación directa, la exposición, el desmontaje son importantes pero no son suficientes: si la matriz del totalitarismo es emocional, es psicológica, todos estos movimientos terminan por darle más energía al monstruo. Terminan por volverse una profecía autocumplida.
Por supuesto que la denuncia y la confrontación son importantes. Pero si la base es emocional, y son emociones tan fundamentales como el miedo, la respuesta también tiene que ser emocional. Tiene que ir hacia mostrar que la alternativa no es una amenaza, pero sobre todo a ofrecer una promesa igual o más atractiva que la promesa del orden. La promesa del orden es muy simple, y en eso recae su efectividad: casi que no necesita ninguna información complementaria. Pero la promesa alternativa es compleja, y es difícil de imaginar. Es una serie de argumentos, de planes, de cuadros presupuestales -- pero no es una imagen, no es un sueño al que sea fácil de adherirse, porque siguen siendo argumentos.
Hay un libro muy bueno de Stephen Duncombe, Dream, en el que su argumento central es que la política progresista ha cedido el espacio de la imaginación y del deseo a la política conservadora, por ampararse demasiado en los principios ilustrados de la democracia moderna. Y creo que hay mucho por explorar ahí, mucho por imaginar y muchas historias por contar, para cambiar la expectativa de razonable de alguien que venga a poner orden, a alguien que venga a construir prosperidad.