Ilión

Eduardo Marisca
22 Mar 2021

[Hoy se cumple un año desde que falleció mi papá. Así que he escrito/creado esto. Es una historia sobre el duelo, una historia que empieza hace tres mil años durante la guerra de Troya, luego recorre la historia de Wanda Maximoff en WandaVision, y termina por reencontrarse con nosotros aquí, en este presente y esta realidad.

Esta historia ha sido pensada para salir a caminar. Para que te pongas tus audífonos y aproveches la oportunidad para salir un rato a dar una vuelta por la ciudad, o por la naturaleza, escuchando algo diferente. Es una historia que trata sobre la muerte y el duelo, y aunque en general creo que es bueno y saludable hablar sobre estas cosas, entiendo que esa puede no ser la mejor idea para todo el mundo.

Esta historia es mi manera de rendir tributo — a mi papá, y a todas las demás personas que estamos perdiendo todos los días y que ya casi ni nos damos cuenta. Se me ocurrió que la mejor manera de rendir tributo sería contando una historia, así que espero puedan tomarse unos minutos para salir de paseo escuchándola.]

En la costa oeste de Anatolia, a orillas del mar Egeo, se alza la ciudad sagrada de Ilión — para algunos más conocida como Troya. En sus playas se han instalado por los últimos diez años incontables naves aqueas que han cruzado el mar buscando retribución, según dicen, por el rapto de Helena, reina de Esparta. Por diez años han peleado, han perdido, han ganado, han avanzado y han retrocedido, y por diez años todo se ha mantenido más o menos igual.

Detrás de los altos, casi infranqueables muros de Troya está su rey, Príamo, rodeado de sus hijos y de su corte. Están fatigados por el encierro, acostumbrados quizás a una vida que no llega mucho más allá de esos muros más que para enfrentarse, en un ciclo infinito, en nuevas batallas y nuevas muertes y nuevas treguas para enterrar a los muertos, antes de empezarlo todo de nuevo. Troyanos y aqueos han peleado por tanto tiempo que ya no recuerdan una vida distinta; ya no recuerdan como era el mundo antes del asedio a Ilión, antes del desembarco en sus playas. Antes de que el mundo se convirtiera en un ciclo infinito e inacabable de encierro, lucha, muerte, y pérdida. Así como quizás no hubo un mundo antes quizás no haya un mundo después: ese ha de ser el castigo irónico, cruel, al que los han sometido los dioses.

Contrario a lo que solemos pensar, la Ilíada no es la historia de la guerra de Troya. El poema apenas si llega a contar la historia de algunas semanas hacia el final de la larga década que pasaron los aqueos asediando la ciudad. No, la Ilíada es una historia mucho más específica y mucho más dramática: es la historia de la cólera de Aquiles, y de cómo fue su cólera la que terminó por romper el ciclo inacabable en el que estaban atrapados troyanos y aqueos:

“La cólera canta, oh diosa, del Pelida Aquiles, maldita, que causó a los aqueos incontables dolores, precipitó al Hades muchas valientes vidas de héroes y a ellos mismos los hizo presa para los perros y para todas las aves —y así se cumplía del plan de Zeus—, desde que por primera vez se separaron tras haber reñido el Atrida, soberano de hombres, y Aquiles, de la casta de Zeus.” (I)

Pero… Quizás la Ilíada es sobre algo más. O podemos leerla como si fuera sobre algo más. No sobre la cólera de Aquiles, no sobre su brutalidad, su fortaleza, y la manera en la que el mítico guerrero terminó teniendo una influencia desproporcionada sobre los acontecimientos de la historia antigua (o al menos sobre las historias que se contaron). No una historia sobre Aquiles el héroe. Sino una historia sobre Aquiles el humano, y sobre su vulnerabilidad.

Quizás la Ilíada pueda leerse menos como la historia de la cólera de Aquiles, y más como la historia de su duelo: la historia de su sufrimiento ante la pérdida de su escudero, amigo, y amante, Patroclo.

Quizás la Ilíada sea una gran metáfora sobre el dolor que trae la pérdida de los seres queridos, y sobre cómo el duelo es al mismo tiempo la suspensión del tiempo, y la restitución de su continuidad.

Aquiles atendiendo a Patroclo herido. ca. 500 AEC.

Aquiles atendiendo a Patroclo herido. ca. 500 AEC.


Recuerdo que cuando era niño, la mamá de un amigo nos hacía repetir un estribillo que en ese momento no tenía para mí mayor sentido: Paris, hijo de Príamo, robó a Helena, mujer de Menelao, hermano de Agamenón. Esos pedazos de información que se quedan grabados en tu cerebro y no cobran significado hasta mucho tiempo después. Agamenón, rey de Micenas, indignado por la tremenda ofensa que ha sufrido su hermano apela a un viejo pacto al que se han suscrito todos los reyes y príncipes del mundo antiguo para reunir el ejército más vasto del que se hayan cantado canciones. Juntos se disponen a cruzar el mar Egeo para rescatar a Helena, pero los dioses se rehusan a permitir el tránsito sin cobrar el más alto de los precios: Agamenón descubre que para que sople el viento que requieren sus naves, tiene que realizar un sacrificio a los dioses. Los sacerdotes le informan que el precio que reclaman los dioses es nada más, y nada menos, y nada más que la vida de su hija mayor, Ifigenia. La campaña troyana se inaugura de esa manera con una muerte sin sentido.

Una década después, el recuerdo de Ifigenia es un tormento constante en la mente de Agamenón. Haber pagado el precio más alto, haber sufrido la pena más dolorosa, todo para no haber ganado nada. La Ilíada arranca no como la historia de grande héroes, sino como la pena y la angustia de simples mortales: nos encontramos con un Agamenón atormentado, reducido a la incapacidad de seguir liderando a sus propias huestes; un Agamenón destruido, una sombra del gran rey que se dice que alguna vez fue. Agamenón devuelto a sus impulsos más básicos, como un niño peleando por que le devuelvan su caramelo.

En la Ilíada pasan de hecho pocas cosas y poco tiempo: apenas unas semanas de lo que fue un enfrentamiento que duró una década. Si el poema se esfuerza por dar a entender algo, es cuánto la guerra se había instalado plenamente como la realidad inescapable de aqueos y troyanos en todo ese tiempo. Un día ganaban terreno unos, al día siguiente ganaban terreno los otros. En lo alto del Olimpo, los dioses jalaban los hilos y manipulaban los acontecimientos para que uno u otro lado ganara su favor. No es sino hasta que Aquiles decide retirarse del combate que algo empieza a variar: Aquiles se rehúsa a volver al combate cuando Agamenón lo ofende robándole a Briseida, la esclava por quien desarrolla una afinidad y un cariño profundos. Junto con él sus legendarios guerreros mirmidones observan desde lejos a medida que los troyanos explotan esta nueva debilidad en la línea aquea. Hasta que Patroclo, conmovido, le ruega a Aquiles que por favor lo deje entrar en combate, vistiendo su armadura de tal manera que los troyanos huyan atemorizados:

“Si es que tratas de eludir en tus mientes algún vaticinio y te ha revelado algo de parte de Zeus tu augusta madre, al menos envíame a mí sin demora y dame el resto de la hueste de mirmidones, a ver si llevo una luz de salvación a los dánaos. Dame tu armadura para ponérmela en los hombros, a ver si me confunden contigo y renuncian al combate los troyanos, y los marciales hijos de los aqueos respiran de su quebranto. Aunque sea breve, es un respiro del combate. Los no fatigados fácilmente a los fatigados del griterío podemos empujar a la ciudad lejos de las naves y de las tiendas.” (XVI)

Los mirmidones salen al campo de batalla siguiendo a Patroclo, pensando que se trata de Aquiles, y consiguen recuperar terreno para los aqueos. En medio de la batalla, Patroclo se enfrenta a Héctor, líder de las fuerzas troyanas y el propio hijo de Príamo, el rey de Troya. Héctor pelea uno a uno contra Patroclo en un combate intenso, y termina por matarlo — y no es hasta ese momento, cuando le saca la armadura, que se da cuenta de que no se trata de Aquiles, sino de Patroclo.

Patroclo es menos famoso que Aquiles, pero es hasta más importante dado el rol que termina jugando en los acontecimientos. Patroclo ha crecido con Aquiles, se han vuelto mejores amigos, compañeros de batalla, y quizás más importante, amantes. La relación entre Aquiles y Patroclo cubre todo el espectro emocional: amor, admiración, devoción, deseo, compañerismo, amistad, complicidad. De modo que la muerte de Patroclo no es la muerte de cualquier mirmidón: es la muerte de la persona más importante en la vida de Aquiles. La muerte de la persona más importante en su vida, vistiendo su armadura, porque él se rehusó a salir al campo de batalla para dar a entender su ofensa y su desprecio hacia Agamenón. Aquiles de cara al mundo expresa su cólera y su indignación porque Héctor ha dado muerte a Patroclo. ¿Pero qué pasa, oh diosa, si en el fondo, la cólera de Aquiles es hacia sí mismo? ¿Si es la cólera y la culpa de pensar que él, Aquiles, es el responsable por la muerte de su amado Patroclo?

“«¡Ay de mí, hijo del belicoso Peleo! Muy luctuosa es la nueva que ahora vas a saber y que ojalá no hubiera sucedido. Patroclo yace muerto y ya se lucha alrededor de su cadáver desnudo, que las armas las tiene Héctor, de tremolante penacho.»

Así habló, y a él una negra nuble de aflicción lo envolvió. Cogió con ambas manos el requemado hollín y se lo derramó sobre la cabeza, afeando su amable rostro, mientras la negra ceniza se posaba sobre su túnica de néctar. Y extendido en el polvo cuan largo era, gran espacio ocupaba y con las manos se mancillaba y mesaba los cabellos. (…) Aquiles dio un pavoroso gemido, que su augusta madre escuchó sentada en los abismos del mar al lado de su anciano padre y la hizo exhalar un suspiro. Y las diosas se congregaron, todas las nereidas que estaban en el abismo del mar.” (XVIII)

La muerte de Patroclo rompe con el ciclo infinito del asedio de Troya. A partir de ese momento, pasan cosas — algo que aqueos y troyanos prácticamente habían olvidado que fuera posible. Se restituye, de cierta manera, el flujo del tiempo.

O, quizás, pasa todo lo contrario.

Aquiles llorando a Patroclo. Nikolai Ge, 1855.

Aquiles llorando a Patroclo. Nikolai Ge, 1855.


Desde lo alto de las murallas de Troya, el rey Príamo observa a su hijo Héctor caminar hacia su propia muerte. A su lado están Hécuba, la reina de Troya, y Casandra, la hija a quien los dioses dieron el poder para ver el futuro, y la maldición de que nadie nunca le creyera — porque así son los dioses, pues. No carecen de ironía.

Unos pasos detrás, queriendo y no queriendo ver al mismo tiempo, está Andrómaca, la esposa de Héctor, cuyo nombre significa “la que lucha contra los hombres”. Ella sabe en el fondo que Héctor no puede derrotar a Aquiles, quien se ha aparecido en las puertas de Troya reclamando un combate con Héctor. Ella sabe en el fondo que cuando le ruega a su esposo que por favor, que no salga, que habrá sido la última vez que hable con él.

El combate no dura mucho, pero más dura el insulto. Aquiles enardecido mata a Héctor, amarra el cuerpo sin vida a su carroza, y procede a arrastrar el cadáver tres veces alrededor de los muros de la ciudad, para finalmente llevárselo con él de regreso al campamento aqueo e impedir que se rindan los honores fúnebres al cuerpo. De acuerdo a la tradición griega de la época, si un cuerpo no recibía los honores correspondientes, su alma nunca podría encontrar descanso en el Hades. Aquiles quería que su venganza por la muerte de Patroclo trascendiera para toda la eternidad.

El triunfo de Aquiles. Franz Matsch, 1892.

El triunfo de Aquiles. Franz Matsch, 1892.

Pero ni siquiera este despliegue desproporcionado de crueldad fúnebre era suficiente para traerle paz por la muerte de Patroclo. Con el cadáver de Héctor entregado a los perros sin ningún tipo de consideración ni respeto, Aquiles recibe la visita del alma de Patroclo:

“También tu propio destino, Aquiles, semejante a los dioses, es perecer al pie de la muralla de los acaudalados troyanos. Otra cosa te voy a decir y a encarecer si me haces caso: no deposites mis huesos aparte de los tuyos, Aquiles, sino juntos, igual que nos criamos en vuestra morada (…). ¡Que también un mismo ataúd encierre juntos nuestros huesos, y que sea la áurea urna que te procuró tu augusta madre!” (XXIII)

La cólera de Aquiles no le trae consuelo ante su pérdida. Solo le sigue trayendo recuerdos, visiones, solo le sigue removiendo la culpa por todo lo que hizo y por todo lo que dejó de hacer. Ni siquiera el matar a Héctor le trae paz. Si la muerte de Patroclo lo expectoró de un bucle temporal fue solamente para introducirlo en otro: el bucle de tener que revivir, infinitamente, la imagen de la muerte de Patroclo, la consecuencia de sus propias decisiones.

No es que Patroclo no pueda iniciar su camino hacia el Hades. Es que Aquiles no sabe cómo dejarlo ir. Y posterga los funerales de Patroclo porque él mismo no está listo para saber que su alma está camino al inframundo. Es el mismo motivo por el cual no puede dejar que el cuerpo de Héctor reciba los rituales fúnebres: no puede ser posible que Héctor parta al Hades, porque entonces Patroclo tendría que partir también.

Y Patroclo no se puede ir. Así que Héctor tiene que quedarse en este mundo también, entre los perros.

Quizás la guerra de Troya duró diez años. O, quizás, son diez años los que han pasado dentro de este bucle temporal: en el que Aquiles por no dejar ir a Patroclo ha recreado la realidad en un ciclo continuo, infinito, y sin sentido en el que aqueos y troyanos están atrapados. Ninguna de sus acciones tiene ya sentido, ni son capaces de recordar un mundo antes de la guerra, ni de imaginar un mundo después. Dentro de los muros de Troya, el encierro es la única normalidad que jamás existió.

Porque todo esto solo está pasando en los sueños de Aquiles.

“¡Te saludo, Patroclo, incluso en las mansiones del Hades! Ya estoy cumpliendo en tu honor todo lo que antes te prometí.” (XXIII)


Tres mil años después, en un universo imaginario paralelo al nuestro, existe una ciudad real curiosamente llamada Troy, en el estado de Nueva York, que se encuentra más o menos a dos horas en auto de una segunda ciudad imaginaria: la pequeña ciudad de Westview, en el estado de Nueva Jersey.

Westview no existe, pero en ciertos sentidos no existe de una manera diferente a la que Ilión no existió — y en ciertos sentido de la misma manera. De la ciudad de Ilión sabemos que, en mayor o menor medida, estuvo ahí: el registro arqueológico muestra que una ciudad amurallada con características similares a las que se describen en los poemas del ciclo épico existió en la costa oeste de Anatolia alrededor de la época en la que se estima tuvo lugar la guerra de Troya — la real, la histórica. En ese sentido, Westview e Ilión son diferentes. Cuando decimos que no existieron, nos referimos a formas diferentes de no existir.

Pero, pero, peeero… hay otro sentido en el que no existieron de la misma manera. Tanto Westview como Ilión son ciudades de ficción, ciudades que visitamos de cuando en cuando, a las que nos escapamos cuando estamos buscando algo que hemos perdido. Helena escapó a Troya buscando su libertad, para encontrar nada más que el encierro. Aquiles escapó a Troya buscando redención, para encontrar solamente culpa. Agamenón escapó a Troya buscando poder y gloria, y lo único que consiguió fue ser asesinado por su esposa cuando volvió por fin a casa.

En Westview, Wanda se construyó una fantasía basada en la nostalgia.

En Westview, Wanda se construyó una fantasía basada en la nostalgia.

Wanda Maximoff escapó a Westview en busca de algún tipo de refugio, algún tipo de paréntesis en una vida de pérdida y sufrimiento. Pero lo único que encontró fue más dolor. Westview e Ilión son similares en ese sentido: son lugares a los que llegamos escapando de algo, solo para encontrar alguna forma de ironía cósmica. Lugares en los que el encierro se convierte en una nueva normalidad.

(Curiosamente, la región donde se encontraba la ciudad de Troya era conocida en la era de bronce de los griegos como “assuwa”, un derivado del acadio “aṣû” utilizado para designar la dirección ascendente del sol, o el este — probablemente el origen de la palabra “Asia”. Lo cual pondría a Troya en la dirección ascendente, y a Westview al oeste, como su nombre lo indica. Es curioso cómo calzan las cosas algunas veces.)

Wanda es la protagonista de otra narrativa de escape y encierro, de pérdida y de duelo, dentro del universo cinematográfico de Marvel. A lo largo de nueve cantos que entretejen un abanico inacabable de referencias culturales y mediáticas que pueden resultar tan impenetrables para la mayoría de lectores como los propios muros de Ilión, nos enteramos progresivamente de su historia: así como afuera de Troya lo único que había era muerte, afuera de Westview para Wanda solo había pérdida: la muerte primero de sus padres, luego de su hermano, y finalmente de Vision, la persona que más aprendió a querer — la única persona con la cual había logrado encontrar algo de consuelo frente a tanta pérdida y tanta muerte. Vision, vale la pena aclarar, no era una persona en el sentido tradicional de la palabra, sino un híbrido entre la inteligencia artificial y la bioingeniería — un sintezoide, para ser más precisos. En un universo cruel donde solo había experimentado la pérdida de sus seres queridos, Wanda Maximoff encontró que su máxima conexión emocional era con un robot.

Afuera veía un mundo hostil y violento. Pero ella tenía la capacidad para hacer de Westview un bastión de resistencia. Podría parapetarse detrás de sus muros invisibles, y construir adentro un paréntesis a la realidad que funcionara de acuerdo a sus propias reglas y sus propios deseos.

Dentro de Westview lo recreó todo a imagen y semejanza de lo que para ella era un mundo mejor: un mundo sin tiempo, o en todo caso, un mundo en el que el tiempo fluía de manera artificial. Un mundo construido a partir de la nostalgia por tiempos más simples, cuando la muerte no importaba porque podía resolverse al final del episodio simplemente diciendo que “todo había sido un sueño”. ¿Cómo no sentirse a gusto en un mundo de esa naturaleza? ¿Cómo no sentirse seguro en un mundo en el cual todo lo malo desaparecía al final del capítulo, donde podíamos siempre volver al status quo ante en el que no hemos perdido nada, en el que no podemos perder nada, y Danny Tanner abraza a sus hijas y les dice que todo estará bien y entra Cometa para ser parte del momento mientras el público exclama, satisfecho, “awwww”? El mundo de Wanda era mejor que el mundo de afuera. Era un mundo sin sufrimiento, y era un mundo sin sufrimiento porque era un mundo sin tiempo.

Era un mundo construido sobre el consuelo de la televisión de antes, la que no era tan complicada y al final de cada capítulo todos los problemas se resolvían y todos eran amigos de nuevo. Un mundo en el cual ella, como suprema arquitecta y productora, podía gobernar sobre la vida y la muerte. Y ella, como suprema arquitecta y productora, podía decretar que Vision no estaba muerto. No tenía por qué estarlo dentro de las reglas de su mundo.

La vida de Wanda y Vision está basada en las sitcoms de la televisión antigua.

El único hueco en su lógica, si es que lo había, es que un mundo sin tiempo es también un mundo irreal. Y la realidad siempre se las arregla para imponerse por encima de nuestros deseos.


Dentro de los confines de Westview, Wanda encontró consuelo y refugio. Encontró que lo único que tenía que hacer para evitar sufrir la pérdida era sustraer el tiempo, reducirlo a una caricatura. Dejar de pensar en el tiempo como una categoría estructurante de la realidad y de la existencia, y pasar a entenderlo nada más como un accesorio: como el cambio de la moda o como la evolución de nuestros electrodomésticos. El tiempo así reducido a la caricatura no puede hacerte daño. Pero el tiempo es una categoría demasiado fuerte. El tiempo siempre se abre paso.

La ficción colectiva, el bastión fuera del tiempo que Wanda construyó en Westview poco a poco empezó a erosionarse. Empezaron a surgir fracturas en sus paredes invisibles; inconsistencias en sus líneas temporales artificiales, superficiales. Wanda podía mantener el control sobre su ciudad tanto como Príamo podía ganar la guerra a punta de voluntad.

En las afueras de Westview, incontables naves aqueas se acumulaban en busca de retribución. Las fuerzas aqueas desembarcaban de las naves indignadas por el rapto de Helena. Pero dentro de sus murallas invisibles, Helena encontraba una oportunidad para seguir con su vida — la vida que afuera le habían quitado. Wanda encontraba una manera de seguir con su vida. Pero afuera de las murallas invisibles escuchaba los tambores de guerra, escuchaba los martillos y las espadas y los gritos de los guerreros mirmidones que venían a perturbar su paz. Existe algo allá afuera que pugna por entrar, por corromper la ficción. Existe una fuerza inclemente que pugna por restaurar el flujo del tiempo tal como es.

En ese sentido Westview es muy parecida a Ilión. Adentro, el encierro constituido como nueva normalidad; el olvido de lo que hay afuera, de lo que hay antes o lo que hay después. Pueden haber pasado días o décadas o milenios, pero al final es lo mismo. En Ilión o en Westview, no importa cuánto tiempo hemos estado adentro. Afuera solamente hay muerte, pérdida y desconsuelo; adentro hay paz, nostalgia, recuerdos. ¿Por qué estar afuera cuando podemos estar adentro? ¿Por qué pedir que se acabe la guerra, si la guerra es lo único que conocemos? ¿Por qué traer abajo las murallas invisibles, si no le hacen daño a nadie?

¿Por qué sorprendernos ante la muerte, por qué indignarnos, por qué acongojarnos, si la muerte se ha vuelto lo más normal? ¿Si la muerte habita aquí dentro, con nosotros, y allá afuera, con los aqueos? ¿Por qué sorprendernos cuando las personas mueren, si lo único que vemos todo el tiempo es a las personas morir?

¿Por qué seguir muriendo si podemos detener el tiempo?


Es así un poco como nos hemos acostumbrado a vivir últimamente. Parapetados, escondidos, guarecidos. Sabemos que allá afuera hay algo — la guerra, los mirmidones, los recuerdos, la plaga — que está intentando acabar con nosotros y tenemos que protegernos. Que está logrando acabar con nosotros, y tenemos que protegernos. Mientras tanto aquí dentro buscamos un poco de consuelo y un poco de nostalgia para no darnos cuenta de toda esta muerte tan frecuente y tan normal que deja de tener sentido. Debe ser un poco así como se sentían los ciudadanos de Ilión, escuchando a los aqueos afuera de los muros de su ciudad. Debe ser un poco así como se sintió Wanda Maximoff buscando un lugar en el que poder esconderse un rato, un ratito nomás, como para no darse cuenta de toda la muerte que la rodeaba, que la seguía, y que no podía controlar a pesar de todo su poder. Al final importa poco si uno es un guerrero legendario prácticamente invencible, o el rey de Troya, o una bruja con poderes místicos incalculables. Al final todos caemos ante las mismas amenazas: el amor, la muerte, el tiempo, y la nostalgia.

Ya no recuerdo qué hay del otro lado de los muros. Ha pasado ya demasiado tiempo, hemos contado ya demasiadas muertes. Aquí adentro es un poco más seguro — pero afuera se escuchan los gritos, los lamentos, afuera me recuerda que sigue habiendo una guerra y que algo sigue logrando acabar con todos nosotros. Adentro es más seguro, si es que puedes estar adentro. Si puedes darte ese lujo. Pero los que nos quedamos dentro de los muros de Ilión, perdemos también otras cosas. El sentido del tiempo, el sentido de la realidad. El recuerdo de cómo era el mundo antes de cerrar las puertas. De cómo vivíamos, cómo lográbamos vivir antes que desembarcaran las naves, antes de que llegaran los soldados.

Ya no recuerdo bien cuánto tiempo ha pasado. Podríamos haber estado aquí diez años, o diez días, y ambas opciones se me hacen igualmente verosímiles, al mismo tiempo y en el mismo sentido.

Excepto porque sí sé, con exactitud, cuánto tiempo ha pasado. Lo sé dolorosamente bien. Sé que ha pasado un año. Sé que hoy día en particular ha pasado un año. Porque a pesar de que el tiempo existe solamente en un bucle indefinido, que gira sobre sí mismo, también sé que el tiempo y la muerte consiguen siempre imponerse. La realidad consigue siempre imponerse y sacarnos del encierro. Así es como sé que ha pasado un año — un año desde la irrupción espontánea, salvaje, inclemente de la muerte. Como en las playas de Troya, como en los campos de Westview. La muerte irrumpió sin ningún tipo de consideración, sin pedir ningún tipo de permiso. La muerte irrumpió y de pronto hubo encierro y el tiempo pasó a estar suspendido. Pero la muerte siguió allí, siempre, esperando. Esperando que las murallas tuvieran fisuras porque el tiempo siempre se abre paso. La realidad siempre se abre paso. La muerte siempre se abre paso.

La muerte logra suspender el paso del tiempo. Aquiles está atrapado en un sueño en las playas de Troya, un sueño interminable de diez años de guerra que no avanzan ni retroceden porque la muerte de Patroclo ha detenido para él el paso del tiempo. Una década entera ha transcurrido enteramente en su imaginación, para poder pasar más tiempo con la persona que quiere. La muerte de Vision hace que Wanda reconstruya una realidad completamente imaginaria, una burbuja de tiempo que fluye a una velocidad completamente diferente, una burbuja alimentada por la nostalgia, porque no lo quiere dejar ir. No quiere aceptar del todo el mundo que está del otro lado. No quiere entregarse a esa realidad que existe fuera del encierro. Para Aquiles y para Wanda el horror no es la guerra ni el encierro; es pensar que podrían terminar, y que al terminar haya que seguir viviendo.

Así nos hemos acostumbrado a vivir. En un duelo continuo, silencioso, y nostálgico que no termina de terminar. Que no termina de ser otra cosa porque no pasan otras cosas: discutimos dentro de nuestras murallas invisibles sobre cosas que nos distraen, sobre consuelos minúsculos que consumen nuestro tiempo y nuestra energía porque nos dan algo de qué preocuparnos. Nos dan excusas para no fijarnos en lo que hay del otro lado: afuera de las murallas, el paso del tiempo. La muerte. La realidad. Adentro: la nostalgia, la distracción, el consuelo efímero de no poder preocuparse por cosas que no son realmente preocupantes. Adentro: el placebo.

Hemos normalizado tanto la muerte que ya ni siquiera nos sorprende. Es parte de lo que es, de lo que pasa. Es un acontecimiento más, como el clima. Escuchamos cifras y vemos curvas y gráficos y nos olvidamos que los puntos que forman esas líneas eran vidas. Eran personas con familias, con sueños y aspiraciones y ganas de hacer cosas. Cada uno de esos puntos sintió miedo cuando en sus últimos momentos cayó en cuenta de lo que estaba pasando, de que todo estaba terminando y de que no sabía realmente si había algo del otro lado. Cada uno de los puntos en esa línea es un ritual fúnebre que quizás pudo celebrarse, quizás no, y en las orillas del río Estigia se acumulan las almas esperando a Caronte, el barquero, para pagar su viaje hacia las puertas del Hades. Cada punto en la línea un viaje. Cada punto en la línea una vida, una historia.

No se puede vivir entre tanta muerte. Por eso los muros invisibles, por eso el sueño de Aquiles en la playa y vivir diez años de guerra, vivir diez años infinitos y vivirlos infinitamente si significan estar un tiempo más con Patroclo, si significa que no se vuelva un punto más en una línea, un viaje más con el barquero. Pelear infinitamente esta guerra sin sentido con tal de no tener que aceptar que puede terminarse, que todo acabó, que tenemos que salir de nuevo y seguir viviendo y dejarlos ir, a todos. Dejarlos ir. Dejarlos ir con el barquero, dejarlos seguir con su camino.

Dejarlos ir…


La muerte puede suspender el paso del tiempo. El duelo es nuestra manera de restituirlo. Nuestra manera de dejar que la realidad se imponga sobre nuestro parapeto, que colapse nuestros muros invisibles sin colapsarnos en el proceso. Si la muerte de Patroclo suspendió a Aquiles en el tiempo y lo encerró en un bucle temporal peleando una guerra durante diez años, si su resistencia a dejarlo cruzar el río Estigia y aferrarse a su cuerpo y al cuerpo de Héctor lo mantenían anclado, fueron las plegarias de un anciano las que lograron sacarlo de ese encierro onírico.

El robo del cuerpo de Héctor fue tomado por los dioses como un insulto, un acto de soberbia por parte de Aquiles. Cuando entregó el cuerpo a los perros, fueron los dioses quienes lo limpiaron y lo protegieron para que pudiera recibir los honores correspondientes. En medio de la noche, el mismo Príamo se escabulló de la ciudad de Troya y se dirigió al campamento de los aqueos, acompañado por el propio Hermes, el mensajero de los dioses. Allí, Príamo se dirigió directamente a la carpa de Aquiles y le rogó por la devolución del cuerpo de su hijo.

“¡Acuérdate de tu padre, Aquiles, semejante a los dioses, que tiene mi misma edad y está en el funesto umbral de la vejez! También a él los vecinos que habitan alrededor sin duda lo atormentan, y no hay quien aparte de él la ruina y el estrago. Sin embargo, aquél, mientras sigue oyendo que tú estás vivo, se alegra en el ánimo y espera cada día ver a su querido hijo que vuelve de Troya. Pero mi desdicha es completa: he engendrado los mejores hijos en la ancha Troya, y de ellos afirmo que ninguno me queda. (…) A la mayoría el impetuoso Ares les ha doblado las rodillas, y el único que me quedaba y protegía la ciudad y a sus habitantes hace poco lo has matado cuando luchaba en defensa de la patria, Héctor. Por él he venido ahora a las naves de los aqueos, para rescatarlo de tu poder, y te traigo inmensos rescates. Respeta a los dioses, Aquiles, y ten compasión de mí por la memoria de tu padre. Yo soy aún más digno de piedad y he osado hacer lo que ningún terrestre mortal hasta ahora: acercar a mi boca la mano del asesino de mi hijo.” (XXIV)

Es el ruego desesperado de Príamo el que termina por conmover a Aquiles, por mostrarle la necesidad de restituir el paso del tiempo. Por mostrarle la necesidad de dejar ir también a Patroclo. Dejarlo cruzar el río Estigia y seguir su camino hacia el Hades. En ese momento Aquiles hace lo impensable: con el rey de Troya en su carpa, el líder de la ciudad con la que vienen peleando una década, pidiéndole de rodillas clemencia por el cuerpo de su hijo, decide otorgársela. Porque la Ilíada puede leerse como la historia de la cólera del Pelida Aquiles, el de los pies ligeros, y la devolución del cuerpo de Héctor como una demostración de su magnanimidad y su benevolencia.

Príamo rogando a Aquiles por el cuerpo de Héctor. Gavin Hamilton, 1775.

Príamo rogando a Aquiles por el cuerpo de Héctor. Gavin Hamilton, 1775.

Pero también puede leerse como la historia de su duelo. La historia de cómo su arrogancia y su egoísmo resultan en la muerte de la persona más importante de su mundo, y de cómo esa muerte fragmenta de tal manera su mundo que se ve obligado a revivir esa misma historia en su cabeza como si fuera una guerra de diez años, el camino más largo para ver morir a la persona que ama. Y cómo su culpa continúa la cadena de muerte y desolación, hasta el momento en que se da cuenta de que tiene que dejar ir el cadáver de Héctor — no porque sea magnánimo ni benevolente, sino porque es la única manera en la que podrá escapar de su propia tortura. La única manera en la que puede librarse de la culpa por haber sido él quien terminó condenando a Patroclo a su destino.

Aquiles se da cuenta de algo cuando devuelve el cuerpo de Héctor a Príamo. No es que solamente le deja llevarse el cuerpo, sino que le rinde honores. Él mismo se da el trabajo de ponerlo en la carroza de Príamo, y de consolar al anciano:

“Llamó a las criadas y les dio orden de bañarlo y de ungirlo, trasladándolo aparte, para evitar que Príamo viera a su hijo, no fuera a ser que no refrenara la ira en el afligido pecho al ver a su hijo, y que perturbara el corazón a Aquiles, y éste lo matara, y de Zeus violara los mandatos. Cuando las criadas lo bañaron y ungieron con aceite y le pusieron el bello manto y la túnica, el propio Aquiles lo alzó en vilo y lo depositó sobre un lecho, y sus compañeros lo subieron sobre el bien pulido carromato.” (XXIV)

Es solo entonces que la guerra puede por fin empezar a terminar. Es solo cuando Wanda se ve confrontada con su propia historia de pérdida, cuando se da cuenta de la ciudadela de ficciones que ha construido para su propio beneficio y todas las personas que ha arrastrado para hacerlo, que puede ponerse a pensar realmente en qué hay del otro lado de sus murallas invisibles. Es solo cuando aceptamos que un cierto mundo ha acabado que podemos empezar a construir uno nuevo.


Vine a Punta Hermosa en busca de un refugio. Vine a refugiarme de muchas cosas, de múltiples Apocalipsis recursivos, anidados unos dentro de otros. Vine con la esperanza de detener al menos un poquito el flujo del tiempo. Si el mundo se iba a acabar, que al menos se acabe un poco más lento.

Son curiosas las maneras en las que nuestras vidas hoy se asemejan a la de un ciudadano troyano de hace más de tres mil años, cómo nuestro parapeto se asemeja a la angustia de una bruja imaginaria en un universo de ficción que es apenas un reflejo de nuestra realidad. Nos hemos vuelto Aquiles, nos hemos vuelto Príamo, nos hemos vuelto Wanda. Existimos dentro de estos pequeños universos embotellados contemplando el paso del tiempo de manera artificial, atrapados en un bucle donde la realidad no termina de entrar, donde nos guarecemos de eso que está allá afuera y que está logrando acabar con nosotros. Buscamos nuevas formas de adentro, y dentro de ellas buscamos refugiarnos en universos de nostalgia donde ejercemos algún grado de control. Peleamos una guerra que nunca termina y ya ni siquiera tenemos claro por qué la peleamos, pero el hecho de que la seguimos peleando de alguna manera le da sentido a este ciclo infinito. Olvidamos lo que había antes y carecemos de energía para imaginar lo que pueda haber después, allá afuera, del otro lado de los muros.

Vine a Punta Hermosa en busca de un refugio y terminé en las playas de Troya, en la costa de Anatolia, y viví mi vida como si la viviera hace tres mil años y me construí un parapeto imaginario como si estuviera en una pequeña ciudad en el estado de Nueva Jersey y tuviera poderes telepáticos como para controlar toda esta realidad que me rodea. Controlar el flujo del tiempo, la disposición de mi espacio. Me encontré a mí mismo viviendo en Troya bajo el asedio de los aqueos y encontré mis días siendo todos iguales unos a otros, cada día igual al anterior igual al siguiente, y me pregunté si no estaría yo en Troya, si no sería yo parte del sueño de Aquiles, ¿y por qué no? ¿Por qué no podría Aquiles, en su duelo, imaginar un mundo que continúa y los recuerda a ambos para siempre? ¿Por qué no podría Wanda imaginar un universo tan absurdamente complejo que existe un universo fuera del suyo donde yo la estoy mirando? ¿Por qué no podría yo detener el tiempo y encerrarme en una ciudad amurallada durante una década y verme en Troya y verme en Westview y pensar que todos estos lugares son el mismo lugar y todas estas personas son la misma persona, y que no tiene sentido pensar en qué vino antes o qué vino después porque solo seguimos viviendo la misma fantasía luego de tres mil años, y fuera de este sueño no hay nada?

¿Qué pasa si la Ilíada nunca terminó, y nosotros somos solo cantos y más cantos que se agregan al final en una secuencia infinita, y en una rotonda de piedra a orillas del mar Egeo un bardo ciego está cantando en este momento la historia de cómo estoy escribiendo estas palabras, en este lugar, en este momento, porque no estoy realmente aquí sino en el canto del bardo que me imagina como lo imagina todo?

Porque la muerte es la misma en Troya, en Westview, y en Punta Hermosa, y en todos los demás lugares. La muerte detiene el tiempo con la misma violencia y nos encierra en un duelo que solo sabe referirse a sí mismo. Solo sabe alimentarse a sí mismo. Y yo soy Príamo y yo soy Andrómaca y yo soy Aquiles y yo soy Wanda y yo soy todas estas personas y todas estas personas son yo porque somos la misma persona viviendo la misma experiencia de ver todos esos puntos que forman esa línea y pensar que todos esos puntos son un viaje a través del río Estigia y todos esos puntos son un duelo y aquí estamos. Viendo esa línea subir y bajar, viendo esos puntos construir curvas sobre las que hacemos cálculos y proyecciones estadísticas sobre cuántos viajes más tendrá que hacer Caronte a través del río como si no fuera una tragedia. Como si fuera un día más. Como si cada viaje no fuera un bucle temporal, como si no fuera un parapeto de alguien que tiene que guarecerse y escapar hacia una ciudad amurallada dentro de la cual el tiempo esté detenido un poquito, que el Apocalipsis sea un poquito más lento. Un poquito.


Hace un año falleció mi papá y yo empecé a construir mi refugio. Mi ciudad amurallada. Hice mi mejor intento por detener el tiempo y por asumir que el mundo era así ahora, encerrado, lento. Pero la realidad, de una manera u otra, siempre consigue imponerse sobre nuestros muros invisibles. Y es así como sé, inevitablemente, que ha pasado un año. Que he peleado en estas playas durante una década sin ganar una sola pulgada de terreno, que he reconstruido este pueblo con toda mi energía telekinética para moldearlo a partir de mis propios deseos y que soy la misma persona hace tres mil años.

Pero ha pasado un año.

Una mudanza es una buena metáfora para describir el psicoanálisis. Uno guarda toda su vida en una serie de cajas, y cuando empieza a abrir esas cajas de nuevo tiene que tomar decisiones sobre dónde tienen que ir las cosas en una nueva casa. Tiene que tomarse el tiempo para revisitar un montón de cosas que se habían quedado en el fondo de un cajón.

Cuando me mudé aquí, a mi ciudad amurallada, me encontré con una carta que me había escrito mi papá cuando cumplí 10 años, y que por alguna razón misteriosa aún la tengo, y por otra aún más misteriosa vine a reencontrar recién hace unos meses. La vuelvo a leer cada cierto tiempo, sobre todo un pasaje hacia el final que terminó por convertirse en algo así como una profecía autocumplida para mí.

Las leyes del mundo son pasajeras, las leyes de tu espíritu te guiarán siempre. Trabaja duro, aprende, ayuda al más débil; tu recompensa puede demorar pero es segura y es duradera.

Escucha a todos, aprende de todos. El poderoso y el débil tienen su historia que contar; aprende a perdonar, es más fuerte el que puede hacerlo que el que cree ganar por un momento y termina perdiendo todo.

Nunca pierdas la ilusión. Sé feliz por encima de todo. Crea, construye, inventa: mientras no pierdas la capacidad de crear no te faltará nada.

Soy Príamo, manejando solo y paciente su carreta de vuelta a Troya.

Soy Wanda en esa sala de observación, viendo un cuerpo inmóvil sobre una mesa. Incapaz de sentir algo que antes sentía. Encontrando un vacío donde antes había una presencia.

Soy todas las personas que ven todos esos puntos que forman una línea y sienten que se les detiene el tiempo, que de repente se ven invadidos por la nostalgia como principio de realidad. Todas las personas que no pudieron hacer los honores, que no pudieron pagar dos monedas al barquero.

Soy todas las personas a quienes la muerte les detiene el tiempo y a quienes el duelo, de a pocos, les restituye el principio de primacía de la realidad.

Soy Aquiles soñando con una guerra que nunca termina, con un asedio que ha perdido todo el sentido. Pero en esta guerra encuentro consuelo. En esta guerra encuentro compañía. En este encierro encuentro refugio.

¿Recuerdas a ALF? ¡Volvió! ¡En forma de fichas!

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