La vida en Melmac, cap. 1

Habría que vivir de otra manera

Eduardo Marisca
09 Mar 2021

El Éxodo. Habría que vivir de otra manera.

Si algo se puede decir a favor del Apocalipsis es que es una buena oportunidad para empezar de nuevo. “Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo”, escribió Julio Cortázar en uno de mis capítulos favoritos de Rayuela. Personalmente, los últimos doce meses en modo fin-del-mundo han sido ocasión para repensar y replantear muchas cosas en mi vida. Por un lado porque tuve que cerrar ciclos personales con mucho dolor, y también porque eso se convirtió en el empujón para cerrar ciclos profesionales y aventurarme a salir al mundo en busca de nuevas oportunidades. En algún punto del viaje se me hizo más fácil pensar que si ya se estaba acabando todo, lo más saludable era entregarse a la incertidumbre y ver qué pasa.

Porque creo también que estamos en un gran momento para la exploración, y sobre todo para la creatividad. Todo está cambiando mucho y muy rápido, todo es aún muy incierto y los problemas que enfrentamos son demasiado grandes. La manera como hemos hecho muchas cosas en el pasado ya no es sostenible, y necesitamos nuevos sistemas y nuevas soluciones. Es cierto que por ratos falta la energía, que ante tanta calamidad no quedan ya las ganas para pensar en el futuro y en las posibilidades y que se siente casi como positividad tóxica hablar a estas alturas de que toda crisis es una oportunidad y demás clichés contemporáneos. Pero este es el momento en el que está todo por hacer, cuando podemos pensar en que si vamos a tener que reconstruir el mundo, deberíamos reconstruir uno mejor: uno más inclusivo, más equitativo, más sostenible. Esas cosas no pasan de casualidad.

Hacerlo requiere de una explosión de creatividad a una escala que no creo que hayamos experimentado — ciertamente no en el Perú — y eso plantea una serie de problemas. Hasta hace unos meses yo vivía obsesionado con las brechas de productividad que separaban a una economía como la peruana del resto de economías globales: la falta de capacidades, la limitada penetración del uso de tecnologías, la poca inversión en innovación y desarrollo son todas cosas que aceptamos como si fueran normales pero que representan brechas que se hacen cada vez más grandes. Ahora, más bien, estoy obsesionado con las brechas de creatividad: lo que está generando crecimientos exponenciales en economías avanzadas no es solamente saltos en productividad (una preocupación por lo demás industrial, aunque no por eso menos relevante), sino saltos en la capacidad creativa: la invención de nuevos productos y servicios o la innovación sobre los existentes, el desarrollo de nuevas propuestas de valor, el desarrollo de nuevas formas creativas de gestionar grandes desafíos como el cambio climático, la salud pública o la educación, entre múltiples otros. Necesitamos pensar creativamente sobre el futuro si queremos responder a los desafíos más complejos que enfrentamos, y si además queremos mantenernos competitivos en la economía global.

La creatividad, sin embargo, es una cosa rara. Es fácil de malinterpretar: solemos pensar que la creatividad está casi exclusivamente vinculada a lo artístico, o que solo algunas personas pueden ser creativas. O que la creatividad es un talento innato que no puede ser enseñado. Pero en su trabajo investigando el aprendizaje creativo, Mitch Resnick del grupo Lifelong Kindergarten en el MIT Media Lab ha encontrado que la capacidad para el pensamiento creativo es el resultado de que existan las condiciones correctas que lo nutran, y que puede ser aplicado a cualquier tipo de problema. No es algo que tiene que pasar por accidente, pero tampoco tiene una relación directa entre causa y efecto: podemos nutrir la creatividad y crear las condiciones para su desarrollo, pero no podemos forzarla o formarla directamente.

En los últimos meses he estado explorando en primera persona esa pregunta, y estos son algunos de mis aprendizajes más importantes hasta el momento. ¿Cómo hace uno para vivir una vida más creativa?

Principios

Esta exploración ha sido y es aún un viaje en el que todavía sigo aprendiendo mucho. En el camino he tenido que tomar una serie de decisiones contraintuitivas, que para mí tienen todo el sentido pero que han implicado cuestionar paradigmas y creencias fuertemente establecidos: incluso cuestionar muchas creencias inconscientes que a mí me causaban mucho sufrimiento y que no entendía bien por qué. Cuando he empezado a tener plena libertad para diseñar mi propio flujo de trabajo y entender cuáles eran las decisiones que tenían sentido para mí, empecé a identificar y elevar una serie de principios que han terminado dando forma al viaje.

Mis cuatro principios para intentar llevar una vida más creativa.

Mis cuatro principios para intentar llevar una vida más creativa.

Creatividad, sobre productividad

Yo no soy una persona productiva. Soy muy desordenado, me distraigo fácilmente, me cuesta mucho mantenerme enfocado en algo por mucho tiempo. De hecho, estoy convencido de que tengo alguna forma de déficit de atención. Siempre he sufrido con la retórica de la productividad y la organización y las listas de tareas y todo ese universo de mecanismos para gestionar mejor lo siempre-más-ocupados que estamos en el capitalismo contemporáneo. Así que dejé de hacerlo. Dejé de intentarlo por completo.

En su lugar, he dejado de optimizar para la productividad, y he empezado a optimizar para la creatividad. He dejado de intentar aprovechar al máximo mis días para cubrir todas las tareas imaginables en las horas disponibles. He abandonado la búsqueda de la eficiencia con intención, descaro y alevosía. He optado por optimizar para la creatividad: tratar de hacer menos cosas en general, y dejar mucho tiempo libre para el aprendizaje, para explorar cosas nuevas, para el descubrimiento. Y eso se ve reflejado directamente en la manera como escojo dedicar mi tiempo.

Exploración, sobre especialización

Existe inevitablemente una tensión entre la creatividad y la especialización: a medida que uno adquiere un conocimiento más profundo y detallado sobre un tema, se vuelve más fácil pensar en soluciones desde dentro del problema (soluciones de optimización) que soluciones desde fuera del problema (soluciones de innovación). Uno puede encontrar maneras de resolver esta tensión favorablemente, pero en términos generales la especialización hace más difícil la exploración de nuevas oportunidades porque ambas utilizan el mismo recurso finito: el tiempo. El tiempo que uno dedica a profundizar en la especialización es tiempo que no dedica a la exploración, y vice versa.

La segunda decisión contraintuitiva que he tomado es escoger dedicar mi tiempo a la exploración, por encima de la especialización. A perseguir nuevas preguntas y descubrir nuevas oportunidades, a inaugurar líneas de acción que bien podrían fracasar y no llevar a ninguna parte en lugar de seguir desarrollando aquellas que sé que funcionan.

Portafolios, sobre productos

Así como siempre he sufrido con la productividad y la organización, siempre he sufrido con la idea de tener que enfocarme en una sola cosa. No funciona para mí porque me interesan demasiadas cosas, y siempre me he sentido culpable por mi incapacidad para delimitar mis intereses y enfocar mi atención y energía.

¿Pero por qué tengo que sentirme culpable por esto? Más bien lo que necesito es encontrar el mecanismo correcto para poder explorar múltiples intereses al mismo tiempo, sin morir en el intento. Por eso me estoy enfocando en construir portafolios de ideas, antes que dedicarme a productos específicos. Un portafolio me permite agrupar diferentes experimentos y líneas de exploración que tienen afinidades entre sí, y maximizar la capacidad para el aprendizaje cruzado — algo que un solo proyecto, producto o iniciativa limitaría porque forzosamente cubre menos territorio.

Sistemas, sobre metas

Para descubrir cuánto odio la productividad he leído una cantidad enorme de libros, visto videos, escuchado podcasts, utilizado herramientas, y probado una multitud de esquemas de organización personal que pregonan la importancia de tener metas claras y luego organizarte para conseguirlas. Y he fracasado en todos y cada uno de esos esquemas. No entendía bien por qué y siempre asumí que era mi propia culpa hasta que me topé con el libro Atomic Habits, de James Clear, que por primera vez me planteó una alternativa mejor: el problema de las metas a futuro es que te ponen en una trayectoria en la que cada día que no cumples con tu meta, estás fracasando. La meta es solo una zanahoria al final de un camino, luego de la cual necesitarás una nueva zanahoria.

En cambio, su recomendación es que tenemos que pensar en los sistemas que diariamente hacen posible que hagamos lo que queremos hacer — cadenas de hábitos que queremos reforzar, y cuyo ejercicio diario significa que cada vez nos volvemos mejores en el cumplimiento de esos hábitos. Pensar en sistemas pone el énfasis más en el proceso y en el viaje, que en el destino lejano de cumplir metas en algún momento. Así que por lo pronto he dejado de obsesionarme por cuáles son las metas, y puesto mayor énfasis en cuáles son esos sistemas cotidianos que hacen posible tener más creatividad en mi vida.


Optimizar para la productividad, apuntar a la especialización enfocándose en productos específicos y tener metas para ellos son todas decisiones completamente razonables. De hecho, creo que en general las asumimos como las más razonables — son cuatro consejos que uno podría fácilmente encontrar en cualquier libro o video de YouTube. Pero empíricamente ninguna de estas cosas ha funcionado para mí. En lugar de sentirme mal por eso, he dedicado tiempo a pensar en cuáles son las alternativas que sí podrían funcionar; y ya que son decisiones contraintuitivas, pensar y experimentar mucho sobre cómo se ven en la práctica, instanciadas en el tiempo y el espacio.

Espacio

Hace un par de años tuve la suerte de toparme con Deep Work, un libro de Cal Newport que cambió de manera importante cómo pienso sobre el trabajo. Newport dice que hay dos tipo de trabajo: shallow work, o trabajo superficial, que es todo el tiempo que pasamos respondiendo correos electrónicos, mensajes instantáneos y dedicándonos a decenas de pequeñas tareas que consumen nuestro tiempo, que pueden ser importantes o urgentes, pero que en realidad no contribuyen con empujar el trabajo hacia adelante. Tenemos que llenar reportes de gastos, o participar de reuniones para estar informados, o revisar el cronograma de un proyecto, pero ninguna de estas cosas en sí empuja para adelante la chamba. La chamba avanza cuando dedicamos tiempo al deep work: cuando nos tomamos bloques largos de tiempo sin interrupciones para efectivamente hacer la chamba que queremos hacer. Cuando nos tomamos el tiempo para escribir ese documento, o formular ese algoritmo, o diseñar esas pantallas, o lo que fuera. El problema es que hemos acumulado tanto shallow work, que ya casi no tenemos espacio para el deep work; hemos incluso llegado a pensar que el shallow work es la chamba, cuando en realidad es solo el subproducto de la chamba real. Esto es muy parecido a la distinción que hace Paul Graham entre la agenda del maker y la agenda del manager, y por qué son esencialmente incompatibles.

Newport comparte varias estrategias para reenfocarse en el deep work, y una de mis favoritas es la que llama el grand gesture, o el “gesto grandilocuente”: realizar una acción tan exagerada para proteger ese espacio de concentración que uno no pueda sino dedicarse a la chamba realmente importante. Esta idea me encantó tanto que tuve que ponerla en práctica: me tomé dos semanas de vacaciones, alquilé una casa en El Ñuro, en Piura, y me encerré allí aislado de la civilización y de la realidad por varios días con un horario de trabajo rígido y la intención de escribir el manuscrito entero para una novela.

Escapar a El Ñuro: Prototipar un estilo de vida diferente.

Escape a El Ñuro.

Fueron dos de las mejores semanas de mi vida.

Fueron dos semanas donde pude responder en primera persona la pregunta, ¿cómo sería una vida en la que me dedicara a escribir todos los días? ¿Y cuánto me gustaría vivir esa vida? Durante dos semanas sufrí todo el proceso creativo, los puntos altos y los puntos bajos, la incertidumbre, la falta de claridad, los momentos de epifanía. Durante dos semanas seguí un régimen estricto de levantarme a la misma hora, escribir sin para durante cuatro horas en la mañana, parar durante la tarde para descansar y luego cerrar el día con dos horas más de escritura. Todos los días, el eterno retorno de lo mismo.

Y así en mi última tarde en El Ñuro terminé de escribir las 60 mil palabras del primer borrador de ese manuscrito. Y bajo el sol del atardecer de junio me metí al mar, agotado, pero pensando: “en verdad sí podría hacer esto el resto de mi vida”.

(La historia de qué pasó, y sigue pasando, con ese primer borrador es una historia más larga que contar en otro momento.)

Desde entonces me quedé con la pregunta por cómo podrían ser las cosas así siempre. Fue la pandemia la que terminó dándome la excusa perfecta para ensayar un nuevo éxodo: desde hace unos meses he reubicado mi base de operaciones a Punta Hermosa, y me he habilitado un espacio de trabajo donde puedo efectivamente dedicar mi tiempo a la chamba que más me importa. El Ñuro fue una oportunidad para prototipar la experiencia y entender qué funcionaba para mí y qué no; Punta Hermosa es la oportunidad de convertirlo en mi nueva normalidad. Aquí he podido habilitarme un estudio de trabajo con todo lo que necesito para incubar nuevos proyectos, rodeado de libros y guitarras y un malecón perfecto para salir a caminar y pensar. Así he ido creando las condiciones para tratar de alimentar más la creatividad.

Mi pequeño estudio de trabajo en Punta Hermosa.

Mi pequeño estudio de trabajo en Punta Hermosa.

El espacio ha sido un componente importantísimo; pero quizás mucho más lo ha sido el tiempo.

Tiempo

El libro de Cal Newport me terminó llevando hacia otros dos libros de los que también he aprendido muchísimo. Uno es Refuse to Choose, de Barbara Sher, que me ayudó a entender (y aceptar) que no todas las personas se sienten cómodas escogiendo una sola cosa a la que dedicar su tiempo — pero que si quieres dedicar tu tiempo a múltiples cosas en simultáneo, tienes que ser sumamente intencional en la manera como diseñas tu vida. Literalmente, la manera como escoges utilizar tu tiempo cada día es un reflejo de las prioridades que tienes y las decisiones que tomas.

Casi siempre la manera como disponemos de nuestro tiempo es la decisión de otras personas. Nos agendan e incluyen en reuniones, en todo tipo de conversaciones, tenemos que cumplir con entregables, terminar tareas, enviar mensajes, cumplir con pendientes. Normalmente tenemos muy poco control sobre cómo utilizamos nuestro tiempo. El punto de quiebre para mí fue una tarde cuando al final de un día intenso me encontré a mí mismo agotado viendo mi calendario — y lo único que había hecho durante diez horas era saltar de reunión en reunión, sin contexto de las conversaciones que estaba teniendo, saltando de una idea a otra y aportando a conversaciones pero sin yo mismo estar haciendo la chamba. Había pasado todo un día de mi vida y yo no había hecho realmente nada.

A partir de ese día empecé a experimentar, junto con algunas de las herramientas del libro de Sher así como otro libro que me sirvió mucho: Daily Rituals de Mason Currey, un libro que documenta las rutinas diarias de una serie de escritores, artistas, filósofos, y todo tipo de personajes. El libro de Currey me enseñó dos cosas que nunca había pensado: en primer lugar, que todas estas personas eran sumamente intencionales respecto a cómo alocaban su tiempo, e invertían mucha energía en proteger esos espacios en los que podían ejercer su creatividad. En segundo lugar, que una rutina no tiene por qué ser algo malo. Toda mi vida había pensado en la rutina como “el hábito de renunciar a pensar”, como lo vi expresado alguna vez en una pared de San Telmo, en Buenos Aires. ¿Cómo podía ser posible que la rutina, más bien, tuviera una conexión con la creatividad?

Encontrado en una pared de San Telmo, Buenos Aires, en el 2010.

Encontrado en una pared de San Telmo, Buenos Aires, en el 2010.

La respuesta está en la psicología: nuestra capacidad para prestar atención y para tomar decisiones es un recurso finito que renovamos cada día. Cada pequeña decisión que tomamos consume de ese recurso como si fuera un medidor de gasolina. Las decisiones grandes y las decisiones chicas, las importantes y las triviales todas consumen de la misma capacidad para tomar decisiones; cuando ya no tenemos más en un día, no hay más para nada. Tener una rutina en la que automatizamos ciertas decisiones respecto a tareas cotidianas nos permite preservar ese recurso limitado para invertirlo en las cosas más importantes: si desayuno lo mismo todos los días a la misma hora, no dedico tiempo ni energía a tomar ninguna de esas decisiones y ahorro ese recurso finito para decisiones creativas más importantes. Entonces sí, es cierto, la rutina es el hábito de renunciar a pensar: es el hábito de renunciar a pensar en las cosas que menos te importan, para liberarte para poder pensar mejor en las cosas que más te importan.

He experimentado muchísimo con cómo dispongo de manera más intencional de mi tiempo en los últimos dos años, pero siempre habían obstáculos que no podía controlar: la obligación de viajar, o un amplio margen de cosas que afectaban mi agenda sobre las cuales yo no tenía control. Hasta que llegó la pandemia y repentinamente muchas de las presiones externas se desvanecieron, y dejé mi trabajo y entonces pude tener completo control sobre cómo disponía de mi tiempo. Ese proceso ha resultado en una estructura que llamo con mucho cariño la Marmota, porque hace que estructuralmente todos mis días sean iguales, y protegen el tiempo para las cosas que más me importan.

La Marmota está inspirada por la increíble película de Harold Ramis con Bill Murray.

La Marmota, cuyo nombre está inspirado por la increíble película Groundhog Day, es la manera como mis principios contraintuitivos se convierten en una experiencia cotidiana — una experiencia que se repite, con la misma estructura, todos los días. Arranca todos los días a la misma hora con una caminata larga y un poco de ejercicio, para luego ducharme, tomar desayuno, y sentarme a escribir durante 30 minutos todas las mañanas en asociación libre. Esta cadena de hábitos es un sistema que me permite empezar todos los días en la mejor condición posible. Luego tengo un bloque de tres horas durante la mañana que dedico a diferentes proyectos, y en la medida de lo posible trato de dedicar el bloque entero a un solo proyecto o a un portafolio de cosas vinculadas, para tener tiempo para concentrarme, encontrar patrones y capturar aprendizajes.

Luego paro por un par de horas para cocinar todos los días, buscando tener una mezcla de actividades diferentes a lo largo del día para “reciclar” mi cerebro y no estar todo el tiempo pensando en las mismas cosas. Ese reciclaje me ayuda a darle una mirada fresca a los problemas: cuando dejo de pensar en algo y me pongo a picar los tomates termina pasando que surgen nuevas ideas simplemente por el hecho de cambiar de contexto y de actividad. Durante ese break trato de pasar al menos una hora cada día leyendo libros (idealmente en papel más que en pantalla), y luego en la tarde tengo otro bloque de trabajo de tres horas antes de salir a caminar en la noche para cerrar mentalmente mi día.

La Marmota, o cómo optimizar el tiempo para la exploración y el aprendizaje.

Tan importante como tener una estructura, ha sido protegerla: cualquier reunión o llamada trato de tenerla dentro de esos bloques de trabajo, y trato de cumplir con esta estructura lo mejor posible sin volverme obsesivo al respecto. Si alcanzo un umbral de 75-80% de cumplimiento en general, me doy por bien servido. La Marmota es una plantilla, un default sobre cómo quiero pasar el tiempo cada día; pero no es una norma ni una ley, y no tengo ningún problema con hacer modificaciones cuando es necesario.

Así como ha sido increíblemente útil disponer más intencionalmente de mi espacio, ha sido un salto exponencial poder disponer intencionalmente de mi tiempo, pensar en la agenda de cada día como una serie de sistemas concatenados con diferentes funciones: sistemas para el autocuidado, para el aprendizaje, para el trabajo, para el descubrimiento, para el entretenimiento. De esta manera puedo prestar mucha atención a que el poco tiempo que tengo en el planeta está efectivamente yéndose a las cosas que más me importan — y eso incluye también muchas veces asegurarme de que protejo el derecho humano fundamental al hueveo.

Vivir de otra manera

Soy consciente de que hay un conjunto de situaciones bastante excepcionales que han hecho que esto sea posible: una pandemia, una cuarentena, la capacidad de asumir un rol más independiente, y demás. Ciertamente es una situación de privilegio, sobre todo en tiempos como los que estamos viviendo. Pero de todos modos si he querido compartir estos aprendizajes excesivamente detallados y personales no es por echarme flores, sino porque creo que aquí puede haber aprendizajes que sirvan a otras personas y quizás puedo ahorrarles un poco del esfuerzo de experimentación por el que yo he pasado durante varios años. Ahorrarles también quizás un poco de la angustia que yo he sentido durante mucho tiempo por sentir que cosas que yo quería hacer, o la manera en la que quería hacerlas, no encajaban en ninguna parte o no terminaban de tener sentido.

Sigo explorando y experimentando con la creatividad, y con las condiciones que le permiten a uno ser más creativo. En general todas estas cosas me están ayudando a tener muchísimas nuevas ideas y arrancar nuevos proyectos que ahora tengo en incubación; me han dado la energía y la claridad para tomar decisiones y sacar cosas adelante que antes me habrían costado mucho. De hecho, hasta diría que el esfuerzo por ser menos productivo me ha hecho hasta más productivo de lo que era antes. Pero aún sigo aprendiendo mucho, y pensando mucho en cómo algunas de estas estrategias y tácticas podrían ser replicables y escalables.

Quisiera seguir compartiendo más aprendizajes, así como quizás encontrar otras personas que estén pasando por viajes similares que quieran compartir sus notas y sus propios aprendizajes. Si algo nos ha enseñado este año es que tenemos que vivir de otra manera, y eso solo puede ser verdad cuando se ve reflejado en la manera como pasamos nuestro tiempo cada día. Quizás lo más importante que deberíamos sacar de todo este proceso es que nuestra presencia en el mundo debería ser, en la mayor medida posible, intencional. Nuestro espacio y nuestro tiempo deberían ser dispuestos intencionalmente, al servicio de las cosas que más nos importan. Creo que ese es el principal aprendizaje que me llevo de este viaje y de este proceso hasta este momento.

Pero vendrán más. Así que ténganme paciencia.

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